Los calambres musculares son frecuentes en corredores y casi siempre se atribuyen a la deshidratación o a la falta de sales. Pero la evidencia apunta a otro sitio: la causa principal es la fatiga muscular y un desajuste neuromuscular.
Te explico por qué los electrolitos no son el problema y qué estrategias de entrenamiento ayudan de verdad a prevenirlos.
Qué es un calambre y por qué ocurre
Un calambre es una contracción involuntaria, mantenida y dolorosa de un músculo, que durante unos segundos no puede relajarse. Se rompe el ciclo contracción-relajación necesario para generar fuerza, y suele aparecer precisamente cuando el músculo está fatigado.
El mito: la deshidratación y las sales
El mito más extendido es que los calambres se deben a perder sodio, potasio u otros electrolitos con el sudor. Los estudios no lo respaldan:
- No hay relación directa entre los niveles de electrolitos en sangre y la aparición de calambres (Jung y cols., J Athl Train, 2005).
- Tomar bebidas con electrolitos no los evita: en corredores de ultramaratón, quienes las tomaron no tuvieron menos calambres. Lo que sí se asoció a los calambres fue correr más rápido de lo habitual y llegar con daño muscular previo (Schwellnus y cols., Br J Sports Med, 2011).
- Los niveles de sales en sangre apenas cambian: aunque sudes, el cuerpo los mantiene bastante estables, y los corredores con y sin calambres tenían valores muy parecidos.
- Si fuera deshidratación, el calambre sería general. Afectaría a muchos músculos a la vez. Pero aparece en músculos concretos (gemelos, isquios, cuádriceps), justo los que más trabajan y más fatigados están.
La idea clave: el calambre no es una señal de falta de agua o de sales, sino de que un músculo ha llegado a un nivel de fatiga para el que no estaba preparado.
La causa real: fatiga y desajuste neuromuscular
Cuando un músculo trabaja más allá de su capacidad habitual, las señales nerviosas de «contrae» y «relaja» dejan de estar equilibradas. La fatiga aumenta la excitación que llega al músculo y reduce la inhibición que normalmente lo deja relajarse, así que el músculo se queda «enganchado» en contracción.
Para relajarse, además, la fibra necesita que cese la señal nerviosa y que las bombas de calcio (dependientes de ATP) devuelvan el calcio al retículo sarcoplásmico. Al bajar el calcio, la troponina vuelve a su estado original y la tropomiosina cubre los sitios de unión entre actina y miosina. La fatiga dificulta todo este proceso de vuelta al reposo.
Factores de riesgo
- Intensidad o duración por encima de lo habitual: superar el límite al que estás acostumbrado.
- Calor y humedad: no causan el calambre por deshidratación, pero aumentan el esfuerzo para mantener el rendimiento, y con él la fatiga.
- Desequilibrios musculares: si unos músculos trabajan de más porque otros no aportan su parte, con la fatiga los sobrecargados pierden la capacidad de relajarse. El ejemplo más claro lo tienes en los calambres en el vasto interno, cuyo origen suele estar en la cadera.
Cómo prevenirlos
1. Ajusta la intensidad
Prepara tus músculos para el esfuerzo que vas a pedirles: sube la carga de forma progresiva para adaptarte a las exigencias de la competición sin sobrecargar el sistema neuromuscular. Y en carrera, no salgas más rápido de lo que has entrenado.
2. Corrige los desequilibrios musculares
La forma más eficaz no es añadir más sales, sino un trabajo adecuado de fuerza y control del movimiento. Si los músculos trabajan de forma equilibrada, el esfuerzo se reparte mejor y ninguno llega antes de tiempo a una fatiga excesiva. Lo explico en debilidad muscular.
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Detectar qué músculo está trabajando de más y cuál no aporta su parte es lo que hago en el programa de fuerza para corredores.
Menos obsesión con los electrolitos y más entrenamiento bien hecho: ajusta la intensidad, progresa con cabeza y trabaja la fuerza y el equilibrio muscular.


